Saturday, June 03, 2006

Henri de Baillet Latour, el conde universal



Pedro Díaz G.

Antes de convertirse en uno de los líderes del movimiento olímpico, el conde belga Henri de Baillet-Latour viajó por todos los mares del mundo.

De un barco de vapor a otro, pasó las primeras décadas del siglo XX. Bosques, selvas, ciudades y montañas.

Tuvo una misión especial: a encomienda del barón Pierre de Fredy, fue el elegante emisario que debía hacer florecer el espíritu olímpico en cada rincón del planeta. De su discurso dependería el futuro del deporte mundial.

Nacido el 1 de marzo de 1876, se convirtió en el más cercano colaborador del barón de Coubertin.

De Baillet-Latour entró al COI en 1903, a los 27 años. Diplomático de carrera y miembro del Consejo Superior de Educación Física de Bélgica, fue un asiduo jinete y un atleta que supo utilizar su influencia para obtener la organización de los Juegos de 1920 para Amberes, pese a las condiciones prevalecientes tras la posguerra.

Coubertin le reserva una nueva y delicada misión: viajar a Osaka, Japón, para ser testigo de los Faer Eastern Games y después embarcarse a Sudamérica a los Juegos de Río de Janeiro.

De Baillet deberá emprender una gira por América para la creación de Comités Olímpicos nacionales.

Se embarca hacia uno de sus viajes más fascinantes. Y, también, uno de los más fructíferos.



Ideales de visita

El 4 de febrero de 1923 llega a México, por tren. Planea, como lo ha hecho en cada parada de ese ya largo periplo que inició en Asia, citarse con los más distinguidos miembros de la sociedad, para fundar el Comité Olímpico Mexicano.

Viene de Brasil, donde en nombre del Comité Olímpico Internacional ofreció ayuda financiera para los I Juegos de Sudamérica, y después navegó hacia Cuba, a la que encargó la organización de unos Juegos Centroamericanos.

El conde: semicano, de

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