Friday, June 16, 2006

De México, volador de oro puro



Pedro Díaz G.

Es 1944 y sucede en el Centro Deportivo Chapultepec: uno de los espectadores sigue con cierto pasmo las ejecuciones en el Segundo Encuentro Internacional de Natación, entre México y Cuba. Es hijo del doctor Alberto Capilla, uno de los precursores del deporte, y se llama Joaquín; maravillado está tras la actuación de Alberto Isaac, que en 100 metros nado libre, cronometra 1.3 minutos e impone récord centroamericano. Doce de 14 pruebas son para los mexicanos. Campeón en trampolín surge Antonio Mariscal.

Los clavados embelesan al pequeño. Tanto, que decide, ahí, que abandonará las pruebas de nado, en las que siempre termina en último lugar, para comenzar a lanzarse desde las alturas.



Un equipo digno

Apenas un año después, en agosto, y tras el fin de la Segunda Guerra Mundial, se reune el Comité Olímpico Mexicano. Y se decide que sí, existe un equipo de deportistas capaces de competir con dignidad en los Juegos de Londres.

Ya se habla de los deportes acuáticos, después de un inesperado triunfo de Alberto Isaac en el campeonato estadounidense de Akron, Texas, y de la aparición del joven Capilla, quien avanza incontenible: de 44 a 45 pasó de tercera fuerza a segunda, y luego a primera. Su entrenador, Mario Tovar, afirma que para 1947 será un peligroso rival de los consagrados. A toda prisa se preparan los atletas en busca de su lugar a Londres.

Ya traspone las fronteras Capilla. Viaja a Tyler, Texas, con una sola intención: internarse en el desconocido mundo de los clavados. Conoce entonces el modernizado sistema de prácticas estadounidense, pero especialmente importante será un personaje de origen hawaiano, pequeño y morena la piel: Sammy Lee, que se convierte en su rival, guía y amigo.

En Londres 1948, con 19 años, Joaquín obtiene la medalla de bronce detrás de los estadounidenes Sammy Lee y Bruce Harlan. La primera. Él querrá mucho más.



Cuidado, Joaquín en Buenos Aires

1951. Juegos Panamericanos, Buenos Aires. El 25 de febrero nace una nueva versión de convivencia juvenil. Asisten 2 mil 51 los atletas, 21 naciones, 19 deportes. Y arrollan los anfitriones con 68 medallas de oro. Serán segundos, los estadounidenses: 44 doradas. Sólo cuatro para México.

Dos de ellas, conquistadas por quien ha dejado de ser promesa y se convierte en clavadista estelar del equipo mexicano: Joaquín Capilla. Lo ha logrado en condiciones difíciles: se recupera apenas de una operación de apendicitis que le fue practicada días antes de partir a Argentina. Ha tenido que sobreponerse, también, al extenuante viaje: México-Managua-LimaSantiago-Buenos Aires.

Joaquín gana en trampolín donde su hermano Alberto finaliza cuarto y en plataforma. Y cuando su amigo Sammy Lee plata en 10 metros acude a felicitarlo, le hace una cariñosa advertencia: ...Cuidado, Joaquín, porque en Helsinki voy a desquitarme.

Ceden, ante Capilla, los mejores clavadistas del mundo: Lee, Miller, Anderson, Arthur Coffey y Robert Clotworthy.

Nadie se lanza como él.



De árboles, azoteas y títulos

Cuando niño trepaba por cualquier lugar. Le gustaban los árboles del parque y aprendió a entrar a casa por la azotea escalando la fachada. Tenía doce años.

Fue su padre, Alberto, quien inculcó en sus hijos (Alberto, Joaquín, Antonio, Ricardo y Carlos), la afición a los clavados.

Niños, los llevaba a que practicaran en el balneario Olímpico, en calzada de Zaragoza, rumbo a Puebla. Y los incitaba a arrojarse desde el trampolín.

Ese pequeño había crecido y lo ganaba todo. De 1947 a 1956 fue campeón nacional en plataforma y, salvo una ocasión en ese mismo lapso fue vencido por su hermano Alberto, también en trampolín. En 1953, monarca de Estados Unidos, en plataforma; en 1954, doble campeón estadounidense: plataforma y trampolín. En 1955, monarca de la URSS en plataforma y subcampeón en trampolín, y doble campeón europeo. En Juegos Centroamericanos: doble campeón en Barranquilla 46, Guatemala 50 y México 54. En Juegos Panamericanos: doble campeón en Buenos Aires 51 y México 55. En Juegos Olímpicos: medalla de bronce en plataforma, en Londres 48; medalla de plata en la misma prueba, en Helsinki 52; campeón en plataforma y tercero en trampolín, en Melbourne 56.



¿Y después?



Nadie le hizo ver que así como se debía preparar para ser campeón, lo debía hacer para la vida. Fue víctima de la popularidad y su nombre viajó de las páginas deportivas a las policiacas; se convertiría en alcohólico y llegaría a extremos peligrosos: tres años encerrado en su habitación, bebiendo, sólo bebiendo. En su cuerpo de 1.70 metros se metieron 95 kilos y la sucia barba alcanzó el ombligo. Nueve meses sin bañarse. Olvidado por todos. Se recuperaría y ahora es feliz, al lado de Dios, del Evangelio y de su mujer, la amorosa Carmelita, oro puro, que la vida le obsequió.

Joaquín, revivió.


Marzo, 2004


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