Thursday, June 22, 2006

Marion Jones: esposa, madre, campeona


Pedro Díaz G.

Alguna vez, al mirar el número de sus medallas, Marion Jones exclamó: "Quiero más. Quiero tener en total ocho medallas olímpicas; y siempre más..."

Con una deslumbrante aleación genética, Marion Jones sólo necesitaba un pretexto para convertirse en la más rápida del orbe. Provenía de una familia disfuncional en la que únicamente congenió con su padrastro, Ira.

La hija de Marion Toler y George Jones vivió un hogar en llamas hasta que a los cuatro años su padre se fue para siempre.

No pudo armonizar tampoco con su madre, así que creció de un lado para otro.

Por obra y gracia de una lujosa fibra muscular, deambuló entre el atletismo y el baloncesto.

Corría a los 16 años y se quedó en la antesala de Barcelona 92. Fue nominada como suplente del relevo 4x100, pero renunció. Prefirió las canastas.



El ascenso

En 1994 fue campeona universitaria de baloncesto, con North Carolina .

Después, C. J. Hunter se ofreció a llevarla un día al aeropuerto, y el retraso del vuelo les hizo intimar.

El hombre, de 150 kilogramos, la convenció doblemente: para el matrimonio y para el atletismo. Marion regresó a la pista y se fijó para los Juegos de Sydney un reto jamás conocido por ningún olímpico del atletismo: "Quiero aprender a decir `cinco veces oro`... " Pero fracasó.

Y eso es un decir: ganó oro en 100, 200 y 4x100; bronce en longitud y 4x400. Nadie había conseguido antes cosecha olímpica tal.

Fue la reina en Australia. Gracia y belleza.

Pero Jones acabó empapada en dolor: sus imágenes junto al lloroso Hunter fueron tan famosas como aquellas en las que posó con sus cinco medallas.

Hunter, campeón mundial de levantamiento de pesas, alegó una lesión de rodilla para no competir en Sydney. Allí se conoció que en realidad resultó positivo por nandrolona. Jones, en la conferencia de prensa de Hunter, comentó: "Vengo aquí a defenderlo en calidad de esposa". Y besó a su marido, como lo hace de vez en vez con sus cinco tesoros metálicos. Tras ser madre de Ahny, regresó a las competencias y proclamó que quiere sean ocho sus medallas.

Estuvo casada durante tres años con Hunter, hasta en que en junio de 2001 se separó y pidió el divorcio.



Tiempo de tempestades

Tim Montgomery, recordista mundial de los 100 metros y actual esposo de Jones, ve cada vez más cerca la amenaza de quedar fuera de Atenas. Él y otros tres atletas de primer nivel fueron informados oficialmente por la agencia estadounidense antidopaje por el caso BALCO.

Marion ha sido también el centro de la polémica, simplemente como sospechosa.

Actualmente, luego de fracasar esta semana en su intento por defender su título en los 100 metros, la tricampeona olímpica recibió una buena noticia, al superar las eliminatorias de salto de longitud y meterse en la final de las selecciones olímpicas estadounidenses de atletismo, que se disputan en el estadio de Sacramento, California.

Con un salto de 6.39 metros, Little Marion se convirtió en la séptima de las doce clasificadas para la final del mañana, en una prueba en la que se colgó el bronce en Sydney hace cuatro años.

No será fácil obtener el boleto olímpico pues, sin velocidad ni vuelo con tres saltos discretos (6.34, 6.31 y 6.39), está lejos de su mejor rendimiento. Marion, quien tiene un nuevo bebé con Montgomery, es velocidad, talento, belleza, pero sobre todo, ya es historia.


Julio, 2004

Vikelas: una aventura llamada COI


Demetrius Vikelas influyó para que Atenas hiciera la primera edición de los Juegos


Pedro Díaz G.

Designado por el barón Pierre de Coubertin, el griego Demetrius Vikelas, nacido en 1835, fue el primer presidente del Comité Olímpico Internacional, de 1894 a 1896.

Desconocedor de casi todo lo relativo al deporte, el negociante en cereales se retiró en 1876 para dedicarse a la literatura, y sus numerosas relaciones en el mundo intelectual y económico fueron extremadamente útiles para la organización de los Juegos de Atenas, los que él mismo pretendía eternamente para Grecia.

El 23 de junio 1894 se anunció oficialmente el nacimiento del COI y la restauración de los primeros Juegos de la Era moderna.

La elección de la sede fue un tema conflictivo desde el principio: el barón tenía interés por iniciar el siglo con los Juegos de 1900 en París. Pero los griegos se anticiparon, liderados por Vikelas, delegado de la Sociedad Panhelénica de Gimnasia, al proponerse los inaugurales, de 1896. Y persistieron las presiones hasta el finalizar los primeros Juegos para que las celebraciones se realizaran a perpetuidad en Atenas.

Pero Pierre de Coubertin no accedió considerando que podía significar "...la sentencia de muerte del olimpismo...", y optó por continuar con su idea original de los juegos circulantes.



Atenas o Hungría...



Parecía que ellos, Pierre de Fredy, y Demetrius Vikelas eran dueños de todos los problemas del mundo. Su sueño olímpico marchaba y de todos lados del planeta se adherían, sobre todo, los sportmen , es decir, los caballeros que, a finales del siglo XIX, eran los únicos destinados a la práctica deportiva.

Mientras la nación griega en su totalidad abrazó con entusiasmo la idea de los Juegos, la jerarquía política no los sentía a ese nivel.

Al borde de la bancarrota, y con un crítico entorno político por la lucha de poder entre dos sectores, el de Charilaos Trikoupis y el de Theodorus Deligiannis, Vikelas y Coubertin encontraron a una familia ateniense, los Zappas, quienes legaron una fortuna para erigir y administrar un gran edificio que se conocería como el Zappeion, en donde se realizarían las competencias atléticas.

Vikelas arregló la reunión, pero antes de la cita fue llamado a París porque su esposa moría. Así que Coubertin cerró el trato.

Sumergido en el proyecto de restablecer los Juegos, imaginaban que la gente de Atenas saltaría de felicidad por ser la primera en recuperar un acontecimiento heredado de sus antepasados.

Pero cuando las cosas comenzaban a funcionar, se dieron cuenta de que los directores del Zappeion no eran partidarios del renacimiento olímpico: fueron conducidos por Etienne Dragoumis, aliado político de Trikoupis. El grupo de Zappeion se inclinaba hacia los Juegos, pero Trikoupis los influenció de otra manera. Cuando Vikelas volvió a París, los directores del Zappeion renunciaron al patrocinio de la odisea.

Demetrius advirtió a Pierre de Fredy, quien de inmediato hizo los planes apropiados. Se aseguró de que los Juegos se realizaran "en alguna parte" ese 1896, y se comunicó con Ferenc Kemeny, el miembro húngaro de COI, con quien fabricó planes de contingencia para cambiar la sede a Budapest...

Pero Coubertin decidía rápidamente: a pesar de las situaciones financieras y políticas, los ciudadanos de Atenas eran entusiastas con el regreso de los Juegos.

Algunos viajes a la ciudad le convencieron no solamente de que las instalaciones necesarias estaban disponibles, sino que por todas partes escuchó el deseo de que "las Olimpiadas" se llevaran a cabo.

Los más entusiastas eran la gente común, el pueblo, los comerciantes pequeños, los conductores de taxis, "los atenienses diarios".

Pero Vikelas y Coubertin querían un apoyo unánime. Asistieron, entonces, a una reunión con la sociedad literaria, donde abogaron por los Juegos. Su discurso fue muy bien recibido; Pierre de Fredy terminó observando "que nosotros los franceses tenemos un proverbio que dice que la palabra `imposible` no está en la lengua francesa. Me han dicho esta mañana que la palabra acaso sea griega. Pero, realmente, no lo creo..."

Lo logró la dupla olímpica. Convencieron a los intelectuales y ellos a los políticos, y los Juegos Olímpicos, finalmente, renacieron.


Julio, 2004

Brundage: Encuentro con el terror



Pedro Díaz G.


Antes que otra cosa, lo que a Avery Brundage gustó durante toda su vida, fue el deporte. A él se entregaría.

Nació el 28 de septiembre de 1887, en Detroit, Michigan; sus padres, Charles y Amelia Brundage, provenían de la clase obrera, pero él, individuo atlético, siempre se condujo hacia éxito.

Se graduó de ingeniero civil en la Universidad de Illinois, en 1909, y participó en los Juegos de Estocolmo 1912: llegó sexto en pentatlón y no finalizó el decatlón, pero nunca aceptó haber caído ante su compatriota Jim Thorpe. En 1914 lo denunció ante el Comité Olímpico Estadounidense como profesional, y le retiraron sus medallas.

Se dedicó al negocio de la construcción en Chicago, donde rápidamente se volvió rico y exitoso con la Avery Brundage Company . se casó en 1927 con Elizabeth Dunlap. La amó a ella y amó al deporte pero tuvo, sobre todo, la cualidad de siempre estar en el momento oportuno: Después de Amsterdam 1928 se convirtió en presidente del Comité Olímpico de su país, sucediendo al general Douglas McArthur. En 1936, cuando el ex jugador estadounidense Leslie Mann fue el mayor promotor del beisbol en su país, al fundar el Congreso Nacional de Beisbol en 1931, estaba él, a su lado.

En 1935 una novena fue a jugar a Japón gracias al interés de Takiso Matsumoto, profesor en la Universidad de Meji, Japón, que invitó a un equipo americano, y él formaba parte del acontecimiento histórico pues por vez primera se transmitió por radio, en directo, un partido entre continentes.

Y luego: años de innumerables cargos administrativos. Tocaría entonces al estadounidense la conducción del COI en los tiempos tumultuosos: 1952-1972.

Durante su gestión los Juegos crecieron, se volvieron rebeldes, se convirtieron, también, en sinónimo de nacionalismo, política, gigantismo, doping, patrocinadores, publicidad y la expedición de licencias para la explotación comercial de los emblemas olímpicos. De devolver sus medallas a Jim Thorpe nadie le hablaba.

Estuvo Brundage también en el momento del México olímpico: el 7 de diciembre de 1962, como la primera piedra de un edificio, de un sueño, recibe el primer documento que gira México al Comité Olímpico Internacional estableciendo su deseo de que la ciudad sea tomada en cuenta para competir por la sede de 1968. Firma el licenciado Ernesto P. Uruchurtu, regente de la ciudad.

Pero las cosas comenzaron a complicarse políticamente desde ese México 1968. Diez días antes de la apertura de la XIX Olimpiada se disolvió una manifestación de estudiantes en Tlatelolco: saldo indefinido; muertos y desaparecidos. Agobiado por los boicots, Brundage lo consideró un "asunto interno" para no mover las aguas de la desconfianza internacional.

Olímpica diplomacia.

Y 1972 sería mucho peor: la política se transformó en apenas un ciclo olímpico, en terrorismo: cuando Alemania quería unos Juegos impecables, el sueño poco duró y 11 integrantes de la delegación de Israel fueron asesinados por el grupo terrorista árabe Septiembre Negro. Después de 34 horas de interrupción y una ceremonia fúnebre, en el estadio olímpico Brundage declaró: "Los Juegos deben continuar".

Su legado: reunió quizá la colección más valiosa de documentación olímpica. Los diarios, las letras, las reminiscencias, los libros de recuerdos, los discursos, los minutos, las fotografías y otros artículos periodísticos fueron minuciosamente atesorados.

Murió el 8 de mayo de 1975, en Garmisch-Partenkirchen, Alemania, adorando a sus "papeles", metros cuadrados de información diversa: del `52 a su alma mater, la Universidad de Illinois.

Información que ha sido clasificada precisamente ahí, puesta en un índice y microfilmada para el uso de los eruditos deportivos del mundo. Los investigadores poseen, además, 150 rollos de microfilmes de la Avery Brundage Collection que administra el Centro Internacional para los Estudios Olímpicos, en la Universidad de Ontario.

Murió tras construir, erigir, solidificar y apuntalar no sólo su vida, sino la del movimiento olímpico; tras defender a ultranza al amateurismo, tras haberse topado con el terror, y tras sortear los años tumultuosos.

Transcurrieron 69 años antes de que en 1983 el COI decidiera reparar la injusticia y Juan Antonio Samaranch devolvió las medallas a las hijas de Thorpe, en Los Ángeles.

Avery Brundage cumplió dignamente su ciclo en la historia.

Estará en paz.

Marzo, 2004







Friday, June 16, 2006

De México, volador de oro puro



Pedro Díaz G.

Es 1944 y sucede en el Centro Deportivo Chapultepec: uno de los espectadores sigue con cierto pasmo las ejecuciones en el Segundo Encuentro Internacional de Natación, entre México y Cuba. Es hijo del doctor Alberto Capilla, uno de los precursores del deporte, y se llama Joaquín; maravillado está tras la actuación de Alberto Isaac, que en 100 metros nado libre, cronometra 1.3 minutos e impone récord centroamericano. Doce de 14 pruebas son para los mexicanos. Campeón en trampolín surge Antonio Mariscal.

Los clavados embelesan al pequeño. Tanto, que decide, ahí, que abandonará las pruebas de nado, en las que siempre termina en último lugar, para comenzar a lanzarse desde las alturas.



Un equipo digno

Apenas un año después, en agosto, y tras el fin de la Segunda Guerra Mundial, se reune el Comité Olímpico Mexicano. Y se decide que sí, existe un equipo de deportistas capaces de competir con dignidad en los Juegos de Londres.

Ya se habla de los deportes acuáticos, después de un inesperado triunfo de Alberto Isaac en el campeonato estadounidense de Akron, Texas, y de la aparición del joven Capilla, quien avanza incontenible: de 44 a 45 pasó de tercera fuerza a segunda, y luego a primera. Su entrenador, Mario Tovar, afirma que para 1947 será un peligroso rival de los consagrados. A toda prisa se preparan los atletas en busca de su lugar a Londres.

Ya traspone las fronteras Capilla. Viaja a Tyler, Texas, con una sola intención: internarse en el desconocido mundo de los clavados. Conoce entonces el modernizado sistema de prácticas estadounidense, pero especialmente importante será un personaje de origen hawaiano, pequeño y morena la piel: Sammy Lee, que se convierte en su rival, guía y amigo.

En Londres 1948, con 19 años, Joaquín obtiene la medalla de bronce detrás de los estadounidenes Sammy Lee y Bruce Harlan. La primera. Él querrá mucho más.



Cuidado, Joaquín en Buenos Aires

1951. Juegos Panamericanos, Buenos Aires. El 25 de febrero nace una nueva versión de convivencia juvenil. Asisten 2 mil 51 los atletas, 21 naciones, 19 deportes. Y arrollan los anfitriones con 68 medallas de oro. Serán segundos, los estadounidenses: 44 doradas. Sólo cuatro para México.

Dos de ellas, conquistadas por quien ha dejado de ser promesa y se convierte en clavadista estelar del equipo mexicano: Joaquín Capilla. Lo ha logrado en condiciones difíciles: se recupera apenas de una operación de apendicitis que le fue practicada días antes de partir a Argentina. Ha tenido que sobreponerse, también, al extenuante viaje: México-Managua-LimaSantiago-Buenos Aires.

Joaquín gana en trampolín donde su hermano Alberto finaliza cuarto y en plataforma. Y cuando su amigo Sammy Lee plata en 10 metros acude a felicitarlo, le hace una cariñosa advertencia: ...Cuidado, Joaquín, porque en Helsinki voy a desquitarme.

Ceden, ante Capilla, los mejores clavadistas del mundo: Lee, Miller, Anderson, Arthur Coffey y Robert Clotworthy.

Nadie se lanza como él.



De árboles, azoteas y títulos

Cuando niño trepaba por cualquier lugar. Le gustaban los árboles del parque y aprendió a entrar a casa por la azotea escalando la fachada. Tenía doce años.

Fue su padre, Alberto, quien inculcó en sus hijos (Alberto, Joaquín, Antonio, Ricardo y Carlos), la afición a los clavados.

Niños, los llevaba a que practicaran en el balneario Olímpico, en calzada de Zaragoza, rumbo a Puebla. Y los incitaba a arrojarse desde el trampolín.

Ese pequeño había crecido y lo ganaba todo. De 1947 a 1956 fue campeón nacional en plataforma y, salvo una ocasión en ese mismo lapso fue vencido por su hermano Alberto, también en trampolín. En 1953, monarca de Estados Unidos, en plataforma; en 1954, doble campeón estadounidense: plataforma y trampolín. En 1955, monarca de la URSS en plataforma y subcampeón en trampolín, y doble campeón europeo. En Juegos Centroamericanos: doble campeón en Barranquilla 46, Guatemala 50 y México 54. En Juegos Panamericanos: doble campeón en Buenos Aires 51 y México 55. En Juegos Olímpicos: medalla de bronce en plataforma, en Londres 48; medalla de plata en la misma prueba, en Helsinki 52; campeón en plataforma y tercero en trampolín, en Melbourne 56.



¿Y después?



Nadie le hizo ver que así como se debía preparar para ser campeón, lo debía hacer para la vida. Fue víctima de la popularidad y su nombre viajó de las páginas deportivas a las policiacas; se convertiría en alcohólico y llegaría a extremos peligrosos: tres años encerrado en su habitación, bebiendo, sólo bebiendo. En su cuerpo de 1.70 metros se metieron 95 kilos y la sucia barba alcanzó el ombligo. Nueve meses sin bañarse. Olvidado por todos. Se recuperaría y ahora es feliz, al lado de Dios, del Evangelio y de su mujer, la amorosa Carmelita, oro puro, que la vida le obsequió.

Joaquín, revivió.


Marzo, 2004


Sunday, June 04, 2006

Samaranch, adiós al amateurismo


Pedro Díaz G.


A Juan Antonio Samarach le tocó lidiar con los dos monumentales boicots (Moscú 1980 y Los Ángeles 1984), y rescatar al olimpismo de la penuria económica para situarlo como el primer espectáculo deportivo del planeta. No lo hizo nada mal.

Pero para ello, el español se alió al auspicio de las televisoras y a las grandes empresas publicitarias, aunque la epidemia del dopaje y el estallido de la corrupción empañaron una trayectoria tras la que dejó un COI más abierto y más transparente. Los cambios le valieron numerosas críticas, en particular, por la excesiva importancia otorgada a la cuestión monetaria, abriendo así la puerta a la corrupción.

Temiendo un fracaso de los Juegos de Los Ángeles 1984, Samaranch se protegió con el Comité Organizador, al frente del cual Peter Ueberroth hizo un trabajo que alejó las dudas sobre las pérdidas y arrojó un superávit inesperado, pues se trató de los primeros Juegos basados en el apoyo privado, no el de los gobiernos. A la par se decía adiós al amateurismo.

Al clausurar la edición de Los Ángeles, Samaranch exclamó: "God bless America" (Dios bendiga a América).

En el organismo, a lo largo del tiempo, cada miembro, según su fecha de entrada, tiene un número que no pierde nunca. Pierre de Coubertin sigue siendo el 1. Juan Antonio Samaranch es y será el 273.

Y el número 273 lo dejó el 17 de julio para convertirse en presidente honorario. Un gran honor añadido, porque desde 1894, sólo 20 de los 463 miembros que el COI ha conocido históricamente, han recibido por distintas razones semejante distinción.

La presidencia de honor es protocolariamente el cargo número dos, tras la presidencia real, del COI. Pero se trata de un puesto sin dimensión ejecutiva. Un rango meramente ornamental para un hombre acostumbrado desde muy joven a ser cualquier cosa menos un florero.

Juan Antonio, quien nunca abandonó la práctica del deporte, fue elegido una vez (1980) y reelegido tres (1989, 1993 y 1997), en parte gracias a su excelente estado físico, propiciado por un estilo de vida basado en acostarse temprano (no sin antes escribir unas líneas en su diario), levantarse al alba y comer poco y sano. Pero sobre todo, sufrió, afrontó y resolvió la crisis de corrupción que, a causa de los votos comprados para la elección de Salt Lake City como sede de los Juegos de Invierno de 2002, empañó en 1999 el nombre del COI. Expulsó y obligó a dimitir a 10 de sus miembros y dirigió una profunda revolución estatutaria.

Cuando cedió su sitio, luego de 21 años, en el Congreso 112 del COI, al cirujano belga Jacques Rogge, éste correspondió a Samaranch imponiéndole la orden olímpica de oro, y después levantando su brazo izquierdo, para que el pleno despidiera con otra salva de aplausos a un presidente que, por primera vez en dos décadas, pareció frágil.

Nacido el 17 de julio de 1920 en Barcelona, Samaranch fue miembro del COI desde 1966. Jugador de hockey sobre patines y de hockey sobre hierba, practicó futbol e hizo breves apariciones como boxeador antes de convertirse en un dirigente. Fue presidente de la Federación Española de Patinaje, del Comité Olímpico Español y jefe de misión de la delegación de su país en los Juegos de Invierno de Cortina d Ampezzo (Italia) en 1956, en los Juegos de Verano de Roma en 1960 y en los de Tokio en 1964.

Sería nombrado "Marqués de Samaranch" por el rey Juan Carlos I.

Es el único ex presidente del COI que sigue con vida.



Julio de 2004







George C. Poage, El color del triunfo



Pedro Díaz G.

George Coleman Poage fue un predestinado. Sería, durante su vida entera, Número Uno en diversas e importantes ocasiones.

Miembro de la clase 1903 de la Universidad de Wisconsin, fue un atleta extraordinario al que se le conoce, más que por otras razones, por ser el primer negro en ganar un lugar olímpico: bronce en los 200 y en los 400 metros con vallas de la tercera cita olímpica, en San Louis, Missouri, 1904.

Pero fue, ante todo, un pionero cuyas marcas y logros quedaron establecidos como las metas de quienes le precedieron.

George Poage nació en 1880 en Hannibal, Missouri, pero su familia se mudó a LaCrosse, Wisconsin, cuando él era apenas un adolescente.

Lo primero que les llamó la atención del nuevo muchacho, en el colegio de LaCrosse, fue la envidiable capacidad mental de quien combinaba asombrosamente los estudios y las buenas calificaciones con sus hazañas deportivas: se convirtió así en el mejor atleta de la escuela y en el segundo mejor en las clases.

Gracias a un decreto firmado en 1899, George fue también el primer afroamericano en graduarse en preparatoria, y lo hizo, además, con honores.

Al siguiente verano comenzaría su carrera en la Universidad de Wisconsin.

Desde el principio participó en múltiples actividades y muy pronto se vería envuelto en una agenda de discursos y charlas públicas que él mismo ofrecía, ya que lo catalogaron como el mejor orador de su clase.

Y además, su constitución física y su ímpetu le garantizaban el triunfo en los campos atléticos.

Al iniciar 1900 ya conformaba la escuadra de novatos en la pista y a medio año comenzó a disfrutar del éxito con el equipo titular de pista y campo.

Victoria total.

Fue así como se volvió también el primer negro en correr para la Universidad de Wisconsin, especializándose sobre todo en las carreras cortas y de obstáculos. Sorpresa tras otra.

En 1903 lo había conseguido todo. En una competencia a mitad de año se volvió el primer afroamericano en entrar a la lista de los mejores diez atletas del país, al vencer en las 440 yardas lisas y las 220 yardas con vallas.

Finalmente, luego de convertirse en el primer negro en terminar una carrera universitaria en la UW, se dispuso a buscar su propio sitio en la historia.

Se graduó en junio de 1903 al presentar su tesis: "Una investigación a las condiciones económicas de los negros en el estado de Georgia durante el periodo 1860-1900". Le preocupaba lo que a todo el mundo de color: la segregación racial.

Así, tomó la decisión de prepararse para San Louis, en 1904, cuando la escuela lo hizo responsable de las clases atléticas, además de dirigir al equipo de futbol, para que, gracias al departamento atlético, permaneciera un año más bajo el cobijo escolar.

El año, precisamente, de los Juegos Olímpicos y el lucimiento individual y universitario.

El año de George C. Poage.

Académicamente parecía no querer perder el tiempo y se inscribió a extra clases de historia. Orador imprescindible, fue, también, un miembro de la Philomathia , una de las sociedades literarias que se organizaban en el campus. En los dual-meets era común su poderío en las carreras cortas y las de obstáculos.

Los terceros Juegos Olímpicos se realizarían en casa, pero aunque el Club Atlético de Wisconsin lo apoyaba para competir, meses antes, muchos y prominentes líderes afroamericanos llamaron a boicotear los juegos de "los racistas del sur".

Protestó a su manera: no hizo caso al boicot y viajó a los San Louis, donde culminó tercero en los 200 y en los 400 metros con vallas, y se transformó en el primer atleta negro en competir en unos Juegos, y el primero en subir al podio de honor en el Olimpo.

Después de los Juegos regresó a San Louis para enseñar en una escuela secundaria exclusiva para negros, donde dirigió el Departamento de Inglés y ayudó como entrenador de todos los equipos deportivos.

En la Sumner High School trabajó alrededor de diez años, antes de comprar una granja en Minnesota, donde viviría al estilo de su infancia, antes de que la Primera Guerra Mundial lo mudara a Chicago y a la gloria olímpica.

De mucho le sirvió en la vida lo aprendido en clases: perteneció a esa generación de jóvenes que aprovecharon las pocas oportunidades de trabajo que había para los negros con cierto grado de educación.

Y aunque no fuese una maravilla, el mejor empleo disponible para muchos negros en Chicago, en estos años, fue el Servicio Postal de los Estados Unidos.

George Poage había asegurado su sitio en la historia del deporte y aseguró para sí mismo un empleo que inició en 1924, y que día a día labró durante treinta años más, hasta que se jubiló en los cincuenta para volver a la vida campirana.

Murió en 1962, a los 82 años de edad. En el anuario escolar, al hacer referencia a cuando George Poage se graduó en la UW, en ese junio de 1903, se publicó bajo su fotografía que él era: "Inigualable en la rapidez, pero callado al andar". Esta encomienda lo llevó a ser, así, sigilosamente, uno de los más veloces hombres sobre la tierra.

Y el primero, también, en casi todo.



Junio de 2004

Saturday, June 03, 2006

Weissmuller, una historia para el cine




Pedro Díaz G.


John Weismuller Kersch ingresó a la posteridad por haber hecho películas de Tarzán.

Pero antes de apropiarse de la del hombre mono, escribió su propia historia: ganó cinco medallas olímpicas de oro y una de bronce, en dos Juegos: París 1924 y Amsterdam 1928. Impuso 67 récords mundiales; conquistó lo imposible, en las albercas, para después sumergirse en la selva cinematográfica...

Y aunque cuenta la leyenda que nació en Estados Unidos, el primer gran Tarzán de las pantallas lo hizo en Freidorf, Rumania, el 2 de junio de 1904.

Cuando él cumplió siete meses, la familia abordó el S.S. Rotterdam y emigró a Chicago, donde, además de minero, su padre Peter, logró con los ahorros levantar una cervecería. Otra historia señala que nació ese mismo día, pero en Windber, Pensilvania, y que sólo tocó Europa 20 años más tarde.



La terapia de nadar

El pequeño Weismuller ingresó a una escuela pública de Chicago pero apenas la pisó fue expulsado por peleonero. Entonces trabajó en una confitería, pero también lo echaron por quedarse con los cambios de los clientes.

Sólo malas notas infantiles.

Poco después el pequeño, enclenque y anémico, de resfriado en resfriado, enfermó de poliomielitis y, como parte de la terapia, los médicos le recomendaron nadar.

Así que día a día se sumergió en las heladas aguas del lago Michigan. Era todavía un niño cuando su padre murió de tuberculosis, tras añejos síntomas provenientes de sus días en las minas. Ersebert Kersch, su madre, se empleó como cocinera y él como elevadorista en el Plaza Hotel , para después convertirse en caballerango del Illinois Athletic Club.

Cierto día, cuando creía que nadie lo observaba, se zambulló en la piscina del club. Pero alguien lo veía. Era el entrenador William Bachroch; fue él quien descubrió la joya, la pulió y la llevó a las competencias y a la gloria.

Su debut en las piscinas no tuvo mayor trascendencia. Acabó tercero en los 100 metros, a más de cinco segundos del ganador. Tardó un par de años en retornar a una competencia oficial, tiempo en el que redobló sus esfuerzos bajo las órdenes de Bachroch y apenas en julio de 1922 fue el primero en nadar los 100 metros en menos de un minuto: 58.6 segundos.

Fue también su primer récord del mundo; el segundo lo quebraría en 1923 con un registro de 4.57 minutos para los 400 libres.

En 1924 se convirtió en campeón nacional, lo cual le permitió participar en los Juegos Olímpicos. Weismuller emergía así como la esperanza estadounidense para París, 1924.



Un poco de miedo

Apenas lo supo manifestó su desacuerdo por la inclusión de los hermanos Kahanamoku en el equipo estadounidense, y renunció.

Duke Kahanamoku era un pintoresco nadador hawaiano de 33 años, doble campeón olímpico de los 100 metros libres, que había animado los Juegos de Estocolmo y de Amberes. Su hermano Samuel, de 18, estaba llamado a sucederlo. Por eso, temiendo que ambos compitieran en su contra, amenazó con irse, pero fue convencido.

Y en París confirmó su talento. Por vez primera desde los Juegos de Grecia en 1896, la natación se celebró en piscinas de 50 metros, lo que favoreció a los más veloces. Johnnie comenzó ganando los 400 metros libres sobre el sueco Arne Borg y el australiano Andrew Charlton. Aunque su tiempo, 5.4 minutos, estuvo muy por debajo del obtenido un año antes, alcanzó para el nuevo récord olímpico.

Dos días después se disputaban los 100 metros libres, la prueba más importante. Al llegar a la partida, Weismuller se encontró en el carril intermedio, entre los hermanos Kahanamoku. Quizá presionado por su rivalidad, realizó una actuación absolutamente extraordinaria y ganó el oro con otro nuevo registro olímpico (59.0 segundos). Duke y Samuel llegarían detrás.

Aquella carrera sería recordada en sus memorias, años después, por Bachroch: "Antes de que se iniciara la prueba Johnnie estaba nervioso, pues había gente que le apostaba a Duke. Me dijo varias veces que debía sacarle ventaja lo más rápido posible, pero yo lo convencí de lo contrario. Finalmente me hizo caso y ganó".

La tercera y última medalla de Weismuller en 1924 la obtuvo en relevos 4 x 200 libres, junto a sus compañeros O. Connor, Olancy y Brayer. Para rematar su actuación en París, ganó una presea de bronce en el polo acuático.



Sin presiones

Para Amsterdam, Weismuller seguía siendo el primero. Había llevado el récord mundial de los 100 metros a 51 segundos, marca que se rompería hasta 1944. Había sido el primer nadador en la historia en recorrer 200 metros libres en menos de dos minutos y 10 segundos (hizo 2.8 minutos).

Desde 1924, apenas sufrió alguna presión a comienzos del 28, durante los campeonatos de Estados Unidos. Ahí surgió George Kojac, quien dejó perplejo al público por la facilidad con la que hacía los giros. Kojac llegó segundo en los 100 metros libres, a solo dos décimas de Weismuller. Pese al susto, en Amsterdam 1928 volvió a ganar con relativa facilidad en los 100 metros, para luego colgarse su quinta medalla de oro en los 4 x 200 con el equipo estadounidense.



Corazón en México

Johnny Weismuller tuvo suerte en los deportes y en el cine, pero no en los negocios ni en el amor.

Se casó seis veces.

Primero, un muy fugaz matrimonio con Camilla Louiee, en 1930. Sus demás esposas: Bobbe Arnst (1931-1933), Lupe Vélez (1933-1939), Beryl Scott (19391948), Allene Gates (1948-1962) y María Bauman (1963-1984).

Década de Agustín Lara y Gonzalo Curiel, Toña la Negra, Luis Alcaraz y Pedro Vargas... Entre esos nuevos artistas apareció Lupe Vélez, una menudita vedette que marchó triunfalmente a Estados Unidos. Se le llamó "La Bomba Mexicana" y causó estupor con su tórrido romance con Gary Cooper, para después casarse con el mejor Tarzán, quien enamoró de ella; enamoró de México.



De película

Sus logros pronto llegaron a Hollywood, que lo contrató en 1929 para actuar en una película llamada Glorificando a la chica norteamericana , ataviado con una simple hoja de parra. Tras el papel, en 1932 Weismuller entrenaba para los Olímpicos de Los Ángeles, cuando recibió una oferta de la BVD Underwear Company : 500 dólares a la semana para anunciar, sugerentemente, ropa deportiva.

La Metro Goldwyn Mayer le propuso protagonizar dos historias.

Ese mismo año se estrenó Tarzán, el hombre mono , y la campaña publicitaria lo anunciaba como "el único hombre en Hollywood que es natural y puede actuar sin ropa. Véalo".

A partir de esta cinta fue contratado por Rko para protagonizar otros seis filmes sobre Tarzán. Columbia Pictures lo llamaría para filmar otras 16 películas como el Rey de la selva.

Aun cuando Johnny Weismuller dudaba de sus capacidades histriónicas, la cinta Tarzán y su compañera se aseguró en 2003 un lugar en el registro cinematográfico de Washington como un clásico "digno de protección".

La película, de 1934, es considerada la mejor secuela de Tarzán. Una escena con él y Jane desnudos en el agua causó revuelo y motivó la implementación de un código de conducta para todas las producciones de Hollywood. Su legado: 34 filmes y un épico grito.

Años después se retiró a Fort Lauderdale, Florida. Pasada su época de gloria se refugiaría en el puerto de Acapulco, donde murió el 21 de enero de 1984. Sus restos yacen en el panteón Valle de la Luz, de Acapulco. Segundo hogar.

Galán, atlético, enamorado, Johnny fue campeón olímpico, sí, pero también el primer Tarzán de Edgar Rice Burroughs; para muchos, el único; el insustituible.

Weismuller: el sin-igual.

Jesse Owens, ante la svastica






Pedro Díaz G.

Sus triunfos de color negro marcaron para siempre la historia de los Juegos Olímpicos. Su nombre: James Owens.

Los Juegos de 1936 fueron, para él, Jesse, epílogo de una brillante carrera deportiva que inició cuando su familia decidió vivir en Ohio.

Jesse se convertiría en el atleta profesional que su país anhelaba; tenía talento, fuerza, liderazgo y el incondicional apoyo de todos quienes le rodeaban.

En la escuela conoció a Charles Riley, su entrenador, quien se convertiría a la postre, además, en el mejor de sus amigos, que muchos los tuvo.

A pesar de continuos problemas respiratorios y enfermedades pulmonares: bronquitis y neumonía crónicas, fue superando las crisis que desde pequeño sufrió, gracias al apoyo de médicos especializados y al trabajo de Charles Riley.

Sucedió una tarde de 1927: Por la escuela apareció Riley, un viejo campeón olímpico, cargado de historias. Vio correr a Owens y se obnubiló. No necesitó más para saber que estaba ante un fuera de serie. Se hizo cargo de él. Lo entrenó, lo aconsejó, y lo llevó lentamente, especializándolo en distancias cortas.



Por qué Je-sse

James Owens nació el 12 de septiembre de 1913 en Danville, un pequeño pueblo de Alabama. En 1920 los Owens se trasladaron a Cleveland y James acudió a la Escuela Técnica del Este.

El primer día de clases le preguntaron su nombre... Una rutina. El respondió: "J.C. Owens ", como diciendo, James Owens de Cleveland. La maestra, sin embargo, escribió lo que había escuchado y en adelante lo llamó Je-sse, igual que sus compañeros. Dos meses después, ya no era más James, sino el "pequeño Jesse".

Pronto fue la figura de los campeonatos Intercolegiales de Estados Unidos y se convirtió en el atleta más destacado de los centros de educación.



Días de gloria

Llegaron los Juegos.

Y el clamor, la competencia.

Jesse, con apenas 10.3 segundos, batió el récord mundial de los 100 metros.

Los fanáticos arios no podían creer que un negro les robara las medallas en su propio país. Owens ganó el salto de longitud al imponerse al plusmarquista europeo, el alemán Lutz Long. Su salto superó por primera vez en la historia la barrera de los ocho metros e instauró un nuevo récord olímpico (8.12) que no sería superado sino hasta 1960, en Roma.

El tercer oro lo consiguió en los 200 metros (20.7 segundos) y, el cuarto, en el relevo de 4x100 metros (39.8).

En todas las pruebas obtuvo nuevos récords olímpicos y en los 100 y 200 metros, mejoró la marca mundial.

En 1936, a pesar de la firme postura del COI y en especial de su presidente el conde de Baillet-Latour, no pudo evitarse la instrumentación política de los Juegos.

No se olvida la imagen de Adolfo Hitler molestísimo al ver perder ante Owens a los más especializados atletas arios.

Una anécdota que fue más allá de la rivalidad deportiva: en el salto de longitud el hombre a vencer era Lutz Long.

En ejemplar camaradería olímpica, el germano enseñó a su contrincante a medir bien la carrera antes del salto, lo que sirvió a Owens para el triunfo en el último intento. Abrazados dieron una vuelta al estadio aclamados por el público.



En el ‘Black Power’

Reveló Tommy Smith que sí, que hubo en México 68 algunas reuniones para planear la forma de boicotear los Juegos Olímpicos. En 1967 el grupo de atletas negros programaba no asistir a la justa como medio de presión. Y conformaron un grupo conocido como Olympic Project for Human Rigths .

"La penúltima reunión fue en Denver y se realizó allá porque tuvimos un campamento para aclimatarnos a la altitud de la ciudad de México. Allá se decidió la idea de levantar el guante negro, para ser escuchados. Pero fue en México, la noche previa a nuestra competencia de los 200 metros, cuando se decidió. Esa junta fue dirigida por Jesse Owens, quien en Berlín con su triunfo desafió a Hitler".

Decidida estaba entonces la forma de protesta. Todos los atletas negros estuvieron invitados a levantar el puño al pisar el podio. Fueron Tommy Smith y John Carlos, primero y tercer sitio, quienes primero lo hicieron.

Así culmina la historia del nieto de esclavos, hijo de recolectores de algodón que humilló a Adolfo Hitler en el palco de honor del estadio de Berlín. Él, hombre negro, venció a la historia ante el líder del Tercer Reich y su bandera con suástica.



Después de la fama

Su carrera tuvo entonces un declive: después del esplendor decayó y perdió el rumbo de su vida. La federación estadounidense lo sancionó por sus constantes actos de indisciplina; se desdibujó de la sociedad y abandonó al deporte.

Sufrió diversos contratiempos y llegó incluso a disputar carreras contra caballos. Fue bailarín, jugador de basquetbol, futbolista, promotor de espectáculos y "showman". Fundó una institución para niños de negros, viajó por Europa con los Harlem Globe Trotters y representó a varias empresas de productos de comida. Murió, víctima de un cáncer de pulmón, el 30 de marzo de 1980, a los 66 años, en Arizona. En 1984 las autoridades de Berlín dieron el nombre de "Jesse Owens" a la antigua avenida de La Victoria, junto al Estadio Olímpico. Merecido, justo honor.



Junio de 2004

Henri de Baillet Latour, el conde universal



Pedro Díaz G.

Antes de convertirse en uno de los líderes del movimiento olímpico, el conde belga Henri de Baillet-Latour viajó por todos los mares del mundo.

De un barco de vapor a otro, pasó las primeras décadas del siglo XX. Bosques, selvas, ciudades y montañas.

Tuvo una misión especial: a encomienda del barón Pierre de Fredy, fue el elegante emisario que debía hacer florecer el espíritu olímpico en cada rincón del planeta. De su discurso dependería el futuro del deporte mundial.

Nacido el 1 de marzo de 1876, se convirtió en el más cercano colaborador del barón de Coubertin.

De Baillet-Latour entró al COI en 1903, a los 27 años. Diplomático de carrera y miembro del Consejo Superior de Educación Física de Bélgica, fue un asiduo jinete y un atleta que supo utilizar su influencia para obtener la organización de los Juegos de 1920 para Amberes, pese a las condiciones prevalecientes tras la posguerra.

Coubertin le reserva una nueva y delicada misión: viajar a Osaka, Japón, para ser testigo de los Faer Eastern Games y después embarcarse a Sudamérica a los Juegos de Río de Janeiro.

De Baillet deberá emprender una gira por América para la creación de Comités Olímpicos nacionales.

Se embarca hacia uno de sus viajes más fascinantes. Y, también, uno de los más fructíferos.



Ideales de visita

El 4 de febrero de 1923 llega a México, por tren. Planea, como lo ha hecho en cada parada de ese ya largo periplo que inició en Asia, citarse con los más distinguidos miembros de la sociedad, para fundar el Comité Olímpico Mexicano.

Viene de Brasil, donde en nombre del Comité Olímpico Internacional ofreció ayuda financiera para los I Juegos de Sudamérica, y después navegó hacia Cuba, a la que encargó la organización de unos Juegos Centroamericanos.

El conde: semicano, de

Pierre de Fredy, Herencia ancestral


Pedro Díaz G.

En el número 20 de la calle de Oudinot, en la Ciudad Luz, el pintor Charles Louis Fredy celebra el nacimiento de Pierre, su tercer hijo. Los Fredy, de origen italiano, llegaron a la nobleza gala en 1577, cuando Luigi Fredy casó con la hija de un rico comerciante y adquirió el señorío de Coubertin, a cinco kilómetros de Versalles.

Pierre fue excelente estudiante. Hizo la primaria en un colegio jesuita y después ingresó a la Academia Militar de Saint-Cyr, pero, sin vocación por las armas, cursó Filosofía, Historia y Pedagogía en la Sorbona. Después se sintió muy atraído por el estudio de filósofos e historiadores griegos.

Quiso saber en qué medida la educación en Inglaterra había influido para que ese país controlara tan vasto imperio, y en 1883 se inscribió en el Jesús College, en Windsor y en el famoso colegio de Rugby, donde se desarrollaban las modernas ideas de Thomas Arnold, quien se afianzaba como el precursor del deporte moderno.

En 1907, y basado en los valores educativos del deporte, Coubertin tenía preparado un vasto plan de reforma pedagógica, y un año después presentó sus proyectos, sin mayor éxito, a la Sociedad para el Avance de las Ciencias.

El relativo fracaso no lo hizo desmayar nada lo haría. Sostenía que para que 100 individuos formaran su cuerpo era necesario que 50 practicaran deporte; 20 se especializaran, y cinco alcanzaran notables resultados…. El deporte como vía de superación de las sociedades… Coubertin comenzó entonces su lucha ideológica, a pesar de que en Francia dominaban los profesores de gimnasia de la vieja escuela.

Aunque de baja estatura y constitución nada envidiable, Coubertin practicaba remo, gimnasia, esgrima e hípica. Y cuando intentó organizar competencias entre países, se encontró con que el concepto de amateurismo era distinto en cada nación.

Comenzaría su verdadera lucha: instaurar y renovar los Juegos. Una de sus muchas frases célebres, lo inmortalizaría: "Lo más importante de los Juegos Olímpicos no es ganar, sino competir, así como lo más importante en la vida no es el triunfo sino la lucha... Lo esencial no es haber vencido sino haber luchado bien...", legado para la posteridad.

El 28 de mayo de 1925 se realiza la vigésimotercera sesión del COI.

Le llaman Congreso de Praga. Y entre los muchos asuntos pendientes sobresale, por razones obvias, la sorpresiva renuncia de Pierre de Fredy a la presidencia del COI. "Estoy cansado, muy cansado", dice el francés.

Sesión de elecciones. Dos turnos de escrutinios y finalmente, el sucesor del soñador francés: el conde Belga Henri de Baillet Latour. Su gestión será de ocho años.

En un gesto de agradecimiento al fundador de los Juegos, el general William Sherrill, miembro por Inglaterra, propone para Pierre de Fredy el título de presidente de honor vitalicio. Ante esto es nombrado, por aclamación, Presidente de Honor de los Juegos Olímpicos.


mayo de 2004